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viernes, 14 de febrero de 2020

LA MIRADA TANGIBLE DE ADRIANO CARRILLO EN EL MUSEO DE LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE



Hasta el  26 de febrero / Sala SEMPERE


Con el título de La mirada tangible, el MUA presenta una antología de la obra de Adriano Carrillo (Alicante, 1946), cuya formación inicial se inserta en la tradición neofigurativa y clasicista representada por su padre y maestro, el escultor Adrián Carrillo (1914-1979). Adriano pertenece a esa generación de artistas que irrumpió con fuerza en el panorama alicantino hace más de cuatro décadas y que forman parte de nuestra historia reciente. La muestra está estructurada en varios apartados que dan cuenta de la evolución de su obra, desde los murales en terracota (1970) y sus abstractos relieves de hormigón policromado de la etapa del grupo Integració (1971), hasta las pinturas digitales de los últimos años.



Adriano, que a lo largo de su trayectoria ha contado con amigos que le han facilitado el trabajo escultórico en sus talleres, centró su investigación entre 1972 y 1974 en cómo la forma volumétrica crecía para ocupar el espacio con maderas ensambladas, bronce o alabastro. A principios de los ochenta se dejó seducir por el juego rítmico de volúmenes con figuras y “mujeres de fuego”, muy estilizadas y con un sentido ascensional a modo de llamaradas sólidas, unas esculturas cuya estela se prolongó en el tiempo.

A finales de esa década, algunos encargos públicos le acercaron a otros materiales (acero inoxidable, hierro...) con los que pudo montar volúmenes y dibujar destellos luminosos en el espacio. Adriano diseñó varias de estas esculturas mediante la aplicación pionera de medios informáticos. El constructivismo radical y aéreo de algunas de ellas parecía enlazar con la última etapa –abstracta, geométrica y optical– de su padre. A principios de los noventa, cada vez más interesado por el buen oficio artesanal aplicado con criterios ornamentales, el artista dual se debatía entre polos opuestos –ausencia y presencia, caos y orden...–, un necesario movimiento de sístole y diástole para la unidad de su obra.

En 2002, alejándose de los materiales nobles tradicionales, comenzó una nueva forma de hacer escultura, más liviana y pictórica, con contrachapados y poliéster, repintada con acrílicos. Con esta técnica planteó unas figuras más populares en las que asoma el humor. No obstante, este proceso se truncó por varios motivos –una crisis personal y de salud, así como su implicación en la política local como concejal de Cultura– y las obras quedaron a medias, aunque pudo acabarlas y exponerlas a partir de 2012.

Desgraciadamente, varias quedaron destruidas en el incendio del estudio de Mutxamel en 2017. En los últimos años ha generado desde el ordenador todo tipo de imágenes, espacios, trampantojos, grafismos y texturas digitales. Colores, luces y sombras que expuso en galerías y lugares de lo más heterodoxo y que cada día lanza sin contemplaciones a las redes como mensajes de un náufrago a quien le falta aliento pero no el ánimo para seguir creando.

JOSÉ PIQUERAS