lunes, 11 de noviembre de 2019

SCRIPTA MANENT EN LA CAPELLA DE L’ANTIC ASIL D’ALCOI




Hasta el 28 de diciembre

Colectiva: Paz Alomar, Ivan Castro, Xelo Garrigós, Helene Jenssen, Oriol Miró, Joan Quirós, Jordi Sempere, Gina Serret, Natxo Uribe, Bego Viñuela.

DE LO QUE NO SE PUEDE HABLAR, MEJOR ESCRIBIR

Mire usted
Parafraseando al cantautor Jorge Drexler, podría asegurarle que “esto que está leyendo ya no soy yo. Es la huella del eco de un pensamiento”. Pequeños garabatos uniformes que nunca han sentido la tensión de un gesto emocionado. Tejido de signos pulsados mecánica y uniformemente por un teclado, idénticamente perfectos, tanto que resultan casi invisibles. Se pueden leer pero no se dejan mirar.

Escribo sin escribir. He olvidado la difícil relación física establecida entre mano y pensamiento al que obligaba la escritura manuscrita. El eco de esta voz suena seco, discreto y artificial. Pareciera que la escritura fuera inmaculada y perfecta, sin cuerpo ni sentimiento, objetiva y verdadera. Legible sin duda, pero insensible. 

La gráfica se hace diáfana, como si la limpieza y regularidad del texto asegurara la racionalidad y sentido de lo que escribo. Nada de mí altera la pureza notarial de la tipografía. Mi mano permanece distante, alejada de lo escrito. La letra permanece intocable en la pantalla. Escritura transparente y muda, puro idealismo del logos. En ellas yo desaparezco. El texto discurre autónomo del autor como si naciera inmaculado. 

Garabatos con-sentidos
Pero la escritura comenzó siendo rasgo y garabato. Si en su raíz latina, scriptūra, confunde forma y contenido, en su etimología griega, graph, dirige claramente el sentido a su procedencia formal. La escritura o la grafía está hecha de mágicos dibujos que han representado números, ideas, palabras o sonidos. No hay mimesis posible. Su verdad y su objetividad consiste en su compleja abstracción.

Lo manuscrito nace del gesto y la materia; de la resistencia que opone la superficie a la presión y a la herramienta. Palabras tachadas, borradas, erradas, torcidas  que describen la emoción de quien garabatea su trazo en el papel. Palabras naturales, diferentes, enlazadas que muestran un escritor, torpe o diestro, rápido o lento, emocionado o pasivo. Cada palabra es la huella física del camino recorrido, del tiempo transcurrido.

¿Es igual una carta enamorada, escrita con la pluma y tachada por la duda y el afecto,  que un whatsapp de palabras neutras y perfectas? ¿Es igual el dibujo airado o tembloroso de la mano, que ingenuos corazones y sonrisas emojis?

Desgraciadamente la escritura manuscrita requiere tiempo, esfuerzo, destreza, entrenamiento. 

Nos obliga a manejar herramientas que manchan y que oponen resistencia. La escritura manuscrita es reflexiva, identifica y marca a quien escribe y convierte al texto en único e inimitable. 

Imaginemos un poema manuscrito de Lorca. Todavía conserva la proximidad con su autor, la huella emocionada de su gesto, quizás incluso su olor. Ninguna de sus ediciones impresas, por cuidadas que sean, pueden incorporar el valor sensible de su mano, el calor de lo vivo y de lo humano.

Cada persona tiene su estilo, su carácter. Escribe a su manera sin similitud posible. Frente a lo tipográfico incorpora el peso de lo subjetivo, de lo único, del principio y de su origen. Incorpora carácter e  identidad.

En la España del siglo XVIII La Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, propuso un modelo unitario de escritura para los infantes y escolares de la Nación. Joseph de Anduaga, calígrafo protegido del Conde de Floridablanca, se permitió criticar y rebatir este intento. Su argumento principal fue la salvaguarda y el valor documental  que la diferencia gráfica tiene como garante de la identidad personal.

Pero entramos ya en otras lindes, las de la caligrafía.

El subtilissimo arte de escrivir

De quantos Artes,quantas Ciencias fueron, | Alma del mundo,origen excelente. | Fue aquel callado idioma,que eloquente, | O papeles o láminas nos dieron. | Pues en doctos caracteres pudieron | Hazer de io pretérito presente, | Hablar lo mudo,y percibir lo ausente. …

Así define la escritura Calderón de la Barca en el “Arte de escribir todas las formas de letras” de Joseph de Casanova, calígrafo español del siglo XVII. Los rígidos modelos de escritura se convierten en plantillas de aprendiz. Las muestras dominan el gesto, y templan la mano tras la senda del pensamiento. Los tratados de escritura normalizan los diferentes modelos de grafía habidos hasta entonces, y los escribanos se convierten en maestros, garantes de su conservación y aprendizaje. 

Algunos de ellos  practican la escritura movidos por la belleza de la forma, y sin necesidad de utilidad alguna. Reclaman la nobleza y liberalidad de su oficio frente a las artes serviles. Son calígrafos y ejercen el bello arte de escribir. La caligrafía. 

Entre alardes, adornos, ringorrangos y dibujos, el trazo se libera, y se confunde con la palabra y el texto. Como el maestro de esgrima, que trasciende en danza el duelo y el combate, el calígrafo desborda con su pluma los límites de lo decible, y reta al lector a enfrentarse a una doble lectura. A un lado  la capacidad simbólica de la imagen, al otro la capacidad ilocutoria de la escritura.

La grafía se enfrenta al contenido en una cultura que siempre sometió la forma a la palabra.

Ya en Egipto, Thot, dios lunar de la escritura y la sabiduría, fue reflejo y sustituto de Ra, el dios sol, la Génesis, el Verbo y la Vida. En la cultura semítica, de la que provenimos en occidente , Dios era el Verbo y la palabra, mientras la escritura sólo era su representación y memoria. Una jerarquía inexistente en oriente, donde la caligrafía siempre se consideró un arte, como la poesía y la pintura, y cuya práctica se acerca a la interpretación ceremonial.
El uso habitual de la tipografía como prótesis artificial al gesto del que escribe, y la consiguiente sustitución de la escritura manuscrita, ha supuesto el reconocimiento de la sutil y radical diferencia que transmite el cuerpo a la palabra. Asistimos así al renacimiento, transformado y ampliado, del bello arte de escribir.

En manos del calígrafo la letra y el texto se cargan de sentido y sensibilidad. La escritura deja de ser significante para ser significado, y las silenciosas palabras que va trazando en su camino, se cargan de sonidos invisibles, para deleite de un lector que mira ensimismado. 

Hoy en día podemos afirmar que la caligrafía ha evolucionado como nunca en la historia. Metafóricamente, la caligrafía ha convertido a la escritura en música, y al calígrafo en intérprete. Como la  música requiere aprendizaje del lenguaje, conocimiento de los clásicos, habilidad con los instrumentos, y muchísima disciplina y entrenamiento. Como en la música los estilos evolucionan y se transforman, multiplicando el abanico posible de sensibilidades.  La mano del calígrafo se vuelve imprescindible e insustituible, y por eso también la belleza de la ejecución.

Nada hay más bello que ver interpretar en directo a los maestros. Asistir al nacimiento de su gráfica con la libertad que les da el conocimiento, y comprender frente a su obra, que de lo que no se puede hablar, es mejor escribir.

Comisariada por: Lucía Romero, Rafa Calbo y Jordi Sempere