lunes, 25 de noviembre de 2019

LA PASIÓN Y EL TORMENTO DE Mª JOSÉ MARCO EN SILOS


Durante los meses de noviembre, diciembre de 2019 y enero 2020 tenemos que visitar «LA PASIÓN Y EL TORMENTO» de Mª José Marco en la histórica Abadía de Santo Domingo de Silos. SILOS (Burgos). Un proyecto hecho realidad desde la Galería Rodrigo Juarranz con la colaboración de Bodegas Territorio Luthiuer.


 

LAS FOTOS DE LA EXPOSICIÓN SON DE HELENA CALVIÑO


Por: Lorenzo Maté, Abad Santo Domingo de Silos

Uno de los visitantes de Silos, en el distanciado año de 1937, dejaba estampado en el libro de visitas que: A Silos se viene la primera vez, porque no se conoce y la segunda vez porque se ha conocido. Sin duda que se necesita repetir la visita para saborear mejor todo su mensaje. Algo parecido podemos aplicarlo a María José, que vino a Silos de joven para participar en los “Encuentros de Cristianos sin Frontera”. Pasado el tiempo volvió para saborearlo de nuevo, y ahora en concreto vuelve para enriquecer a Silos aportando su experiencia artística.

La comunidad de monjes benedictinos de Silos acoge con agrado su exposición de pintura. La exposición que nos ofrece María José Marco, en la sala medieval del monasterio, quiere transmitirnos de forma plástica, el sentimiento de dolor, experimentado en ella misma.

Los cuadros que componen la exposición nos muestran imágenes llenas de fuerza en sus rasgos y de viveza en su colorido. Sus imágenes, utilizando el arte pictórico como medio expresivo, quieren transmitir al espectador no solo el sentimiento del dolor, sino también el dolor mismo experimentado por la autora.

El dolor está presente en todos los hombres en formas y en intensidades diferentes, por lo cual cada uno tendrá una captación apropiada a su experiencia. El arte tiene un lenguaje más expresivo, más plástico que la literatura, y tal vez más adecuado para transmitir los sentimientos más profundos.
Nuestro deseo es que el visitante disfrute contemplando estas creaciones artísticas, y que su mirada vaya más allá del dolor, pues aunque éste esté presente en todas las personas, no ha de ser el final de la vida del hombre.

 

 


En el mismo catálogo, Rosa Olivares habla sobre, la literatura y el arte nos han puesto frente al espejo de nuestros propios placeres. De nuestro propio dolor. Leyendo poesía hemos aprendido que el dolor y el placer se tocan en sus extremos, y que el éxtasis se puede alcanzar antes de la muerte y también en el orgasmo.

Esa pequeña muerte que nos transporta más allá de nosotros mismos solo unos segundos, como aquéllos muertos que vuelven antes de esfumarse con la luz que les guía. Es un tránsito, algunas veces lo cruzamos por completo, otras regresamos como si no hubiera sido suficiente el dolor y el placer, y volvemos a empezar, como si estuviéramos destinados a ser eternamente torturados por un desalmado especialista. Hemos aprendido que el placer y el dolor van juntos como las dos caras de una sola moneda con la que pagamos nuestras experiencias. El tormento y el éxtasis. El sexo se ha convertido en un camino simbólico, pero más allá del sexo es de los cuerpo de lo que va esta historia. Al parecer el dolor abre una de las puertas más oscuras en nuestro laberinto de sentidos, experiencias y sensaciones.

La historia de la humanidad está contada en fragmentos deshilvanados. Es una historia llena de muertos, en la que las víctimas y los asesinos se suceden a sí mismos, sin culpa ni castigo. La sangre, el miedo, el dolor, los tormentos insufribles llenan nuestros museos. Siempre es el dolor de otros lo que contemplamos, tanto en los museos, en el arte antiguo, como en las noticias de los informativos, tan lejos de nosotros. Pero en la historia, como en el arte, la figuración lega hasta un punto concreto. Hasta ese momento los hechos se suceden con cierta estructura, se entiende el argumento, reconocemos a los protagonistas, a los actores principales y a los secundarios. Pero llega un momento en que el dolor nos nubla, los cuerpos derrotados se esfuman detrás de la melancolía del color y la abstracción formal y la narración experimental lo cambian todo. ¿Cómo hablar del tormento después de esas guerras que nos dejan cuerpos destrozados, que enseñan un horror general y profundo? ¿Cómo hablar del tormento si ya no encontramos el placer en esa misma narración?

El arte ha tratado siempre de los sentimientos, de las experiencias, es el artista el gran explorador de ese territorio inhóspito. Y si el poeta ha actuado como buceador en las profundidades, el artista visual, el pintor, el escultor, y ahora el fotógrafo, han sido los cartógrafos encargados de construir un mapa imposible más allá de una escala 1/1, más allá de la representación de cualquier realidad de las variables del sufrimiento.

 

 

Hemos crecido con el dolor de los santos y de los mártires. Sus caras, sus cuerpos deformados, su sangre y sus heridas se han ido transformando en los cuerpos, las caras y la sangre de poblaciones enteras. Gue¬rras y migraciones, naufragios, accidentes, enfermedades nos ha hecho ver los martirios y los castigos de los dioses y de los héroes como algo lejano, como algo ya olvidado. Hoy el mapa del dolor que los artistas construyen es un mapa difícil de reconocer, lleno de lagunas, de zonas vacías. Las mujeres han ido llenando algunas de esas lagunas, una de esas mujeres es María José Marco, con una obra que insiste en las diferentes formas del tormento y de su vínculo con la pasión. Un trabajo que pretende nombrar todos los nombres de un dolor individual que a través del arte se convierte en universal, en global.

Decía Kant que lo único que el arte nunca podría representar es lo que nos resulta asqueroso, lo re-pugnante. Se equivocó, hoy hasta la mierda se ha convertido en tema de una obra de arte que se llegó a exponer en una de las Documentas (el autor fue Wim Delvoye), pero es evidente que lo desagradable no obtiene una gran respuesta. Por eso los artistas buscan y experimentan, porque el horror, lo terrible está presente en nuestras vidas, nadie se libra del sufrimiento en mayor o menor medida. A través de la abstracción, de una actuación simbólica, los artistas van desarrollando su trabajo rodeando a la fiera, a lo innombrable. Marco utiliza para ello todos los soportes, todos los lenguajes, la pintura, la fotografía, incluso la acción. También recurre a la fuerza de la materia, de los objetos y del tratamiento de las superficies, pero es en el color en lo que este trabajo se apoya más decididamente. El rojo y el negro, la sangre y el abismo, la carne, la muerte. La fuerza de los colores sobresale en unas imágenes abstractas, en movimiento, de difícil definición formal. Masas de color que se expresan con violencia, y que curiosamente superan su diferencia del soporte, para demostrarnos que finalmente la fotografía y la pintura son una misma cosa, que el lenguaje está al servicio de lo que expresa y que si por una parte es cierto aquello de que la forma es también el contenido, esta forma está definida por lo que contiene y no al revés.

La fuerza de este trabajo está en su origen, ese desconocido lugar de donde parte el dolor que Marco quiere mostrar. La dificultad es poder transmitir el dolor, el tormento y la pasión, de una forma no narrativa, alejada de la figuración. Es ahí donde la artista recurre a todo su conocimiento de las posibilidades de la técnica, y también de la mezcla de soportes, llegando incluso a la presencia de la acción. Interesante resaltar esa capacidad de movimiento, que induce a la violencia, a la sensación de velocidad, tanto de su pintura como de su fotografía. En toda la obra se mantiene ese regusto barroco, que se recrea en el exceso, en la locura de la expresión, en la libertad de la mano, de la mirada, hasta la obsesión, que es el último límite del barroco.

El peligro es que es dolor, esa brutalidad que Marco quiere expresar no supere los límites de la pasión, se ajuste a un propósito artístico. El objetivo, demostrar que aún en una sociedad cada vez menos religiosa, mas ajena a la realidad de nosotros mismos, el tormento y la pasión, la violencia, el tormento, el dolor, siguen estando presentes en el arte que se hace. Si hoy ya no se ilustra al pueblo con imágenes desgarradas, si ya el ejemplo de los castigos en el cuerpo y en el alma no es más que una retórica clásica, pervive el dolor y el sufrimiento. Y no solo el puramente físico, sino sus secuelas de miedo, inestabilidad. Seguimos siendo víctimas de la carne, sigue siendo la muerte el gran miedo. Y aunque son pocos y muy diferentes los artistas que siguen centrados en este territorio, hay que destacar que mantienen la idea de ese camino entre el miedo y el placer, entre el tormento y el éxtasis.



MARÍA JOSÉ MARCO ANDRÉS
Eliana, Valencia, 1966. Licenciada en Bellas Artes. Facultad de BB. AA de San Carlos, Universidad Politécnica de Valencia (1989).