miércoles, 18 de septiembre de 2019

LARRY CLARK y CARMEN GRAY + LUCE EN ESPAIVISOR


Presentación  de la Publicación del Premio Arte y Mecenazgo. 

Sábado  21/09/2019 13:30 h en Espaivisor

Comida:
  
15.00h Palau dels Mercader Carrer dels Cavallers, 26, 46001 València



VENTA FOTOS VINTAGE COLOR DE LARRY CLARK A 100 €
con la presencia del artista. Carrer Carasquer, 2 Valencia.

21/09 a 24/09/2019    12 a 14h y 17 a 20 h.
El otro, desde dentro
Alberto Martín

No es inhabitual en la historia del medio fotográfico que el primer trabajo de un autor se convierta en absolutamente referencial, y que esa mirada inaugural que despliega sobre el mundo llegue a alcanzar tal impacto y capacidad de influencia que, al mismo tiempo que encumbra a su autor, le define y en cierto modo determina. Tal es el caso de Larry Clark y de su libro Tulsa, construido a partir de las fotos que realiza de su entorno próximo entre los años 1963 y 1971. Un lugar, Tulsa, dos amigos, David y Billy, y un círculo dominado por las adicciones, que Clark convierte en el retrato de una generación, o de un grupo de edad, que empieza en la adolescencia, pero al que acompaña en su crecimiento, registrando sus hábitos y comportamientos en un contexto de progresiva marginalidad y violencia.

Un acercamiento desarrollado desde la más absoluta proximidad, desde dentro, por usar el término que la historiografía aplicará durante años para caracterizar y definir este trabajo, que dio como resultado un documento en el que podían leerse, no solo una realidad concreta marginal, oculta y silenciada, sino también el eco de un malestar de naturaleza más general, así como los síntomas de un resquebrajamiento social, cultural y afectivo. 

El desarrollo de una mirada sombría hacia la realidad americana, la atención hacia contextos, grupos o personajes marginales o el interés por diferentes subculturas, son elementos que ya formaban parte de la transformación de la fotografía documental en Estados Unidos en la década de los años sesenta, tras el agotamiento del modelo documental surgido en la posguerra.

Sin embargo, y aunque a lo largo de esa década ya se hubieran abordado temáticas y contextos parecidos o cercanos, el impacto de Tulsa equivale a la aparición de un nuevo modo de enfocar ese tipo de problemáticas y circunstancias, y por extensión un planteamiento documental original, o al menos, una inédita vía de diálogo con la realidad. Es por ello que se convertirá también, de cara al futuro, en punto de partida para una práctica documental basada tanto en la cercanía y la entrada en esferas de intimidad, como en la identificación de una subcultura a la que el fotógrafo tiene un acceso privilegiado, a menudo por su propia pertenencia a ese contexto.


Son varios los elementos que facilitan y explican su referencialidad y originalidad. Por supuesto está el componente explícitamente autobiográfico, con el que Clark reivindica su pertenencia a la esfera que fotografía, algo que hace en las frases que abren el libro: 
i was born in tulsa oklahoma in 1943. when i was sixteen i started shooting amphetamine. i shot with my friends everyday for three years and then left town but i’ve gone back through the years. once the needle goes in it never comes out. 
L.C.

Publicado así, sin mayúsculas, como el resto de los textos que aparecen a lo largo del volumen, se convierte en un rasgo de escritura personal y se diría que “urgente”, a modo de anotación enfática con cierto estilo de diario. Como bien se ha señalado, todo registro autobiográfico requiere de un modo u otro, explícita o implícitamente, del texto y de la narración. Esa pulsión narrativa aparece reforzada en todo el trabajo de Larry Clark, en una dinámica que desembocará en su futura dedicación al cine.

En este sentido, Tulsa tiene una localización, unos personajes principales que son presentados al inicio de la narración, una secuencia cronológica, múltiples microsecuencias, generalmente de dos imágenes, que alargan el relato más allá de la toma única, intensificando su efecto y significado, y algunos encadenamientos de fotografías que a lo largo de la narración construyen, especialmente en el primer bloque de 1963 a 1968, evidentes climax emocionales. De manera más explícita, desde el punto de vista narrativo, introduce también fragmentos de películas rodadas por él mismo, en las que un cierto estilo amateur se da la mano con la estética del cine experimental e independiente de los sesenta.

El contenido, o se podría decir que el argumento, es la droga, la adicción, la violencia y la muerte, definido y reescrito por una presencia intermitente pero continuada de dos objetos cargados de significación, la jeringuilla y el arma de fuego, y de una acción simbólica, de principio a fin: el pinchazo. Y finalmente, una edad, la adolescencia, que el paso de los años va dejando atrás, conforme avanzan las páginas del libro. 

La apuesta de Clark lleva más lejos de lo que hasta entonces se había practicado la implicación subjetiva personal del fotógrafo, convirtiendo la “observación participante” (por usar un término de la sociología que puede servir para definir el acercamiento al otro en la práctica documental de los años sesenta y principios de los setenta), en lo que podríamos denominar una mirada de “pertenencia” a la realidad documentada. Un “desde dentro” radical que, en cierto modo, y por su propia naturaleza metodológica, circunscribe el tema y el sujeto dentro de los límites de su propia realidad, algo que permite al fotógrafo acceder a situaciones, momentos o gestos de difícil acceso desde otro tipo de práctica documental. Es desde ahí que este trabajo se convierte en el retrato efectivo de una subcultura, en realidad una doble subcultura, la que representa el mundo de la drogadicción y la que constituye la adolescencia. En cierto modo, las imágenes finales de libro, anuncian ya el papel protagonista y prácticamente exclusivo que el mundo de la adolescencia va a tener en la obra de Clark, tanto fotográfica como fílmica: Teenage Lust, 1992, The Perfect Childhood, Kids, Bully Ken Park. 

En cuanto registro de una serie de subculturas asociadas a la drogadicción y la adolescencia, donde aparecerá también el mundo de los skaters o la prostitución juvenil, con un acento especial sobre la sexualidad adolescente, la trayectoria de Clark puede ser entendida como un acercamiento global y sistemático a lo que estas subculturas representan y contienen, y a como se expresan, ya sea a través de la relación entre individuo y grupo como engranaje de identidad e identificación, mediante sus formas, rituales y gestos, o desde el estilo como vía de afirmación y rebeldía. De manera progresiva, a partir de Tulsa, Larry Clark irá abandonando esa mirada de máxima proximidad testimonial para adentrarse en el terreno de la representación, o en el caso de su cine, en el ámbito de la docu-ficción.

En todo caso, su mirada empática hacia la adolescencia, como núcleo esencial de su obra, manifiesta y contiene todo lo que en esa etapa hay de inclinación hacia la rebeldía, la autoafirmación y el hedonismo, de contestación y desafío a través del estilo, o de marginalidad y desviación como respuesta a conflictos y contradicciones.

 
CARMEN GRAY + LUCE
La primera década
Marta Moreira

Las amistades no describen nunca una línea recta, unidireccional ni constante. Son más bien trayectorias surcadas de meandros, derrapes y paradas en seco. Acelerones y curvas de vértigo, seguidas de tiempos de espera; períodos de latencia en los que la hermandad asienta sus cimientos, madura, evoluciona… a la espera de un nuevo encuentro en otra ciudad, con otros paisajes, con otras caras. Siempre abiertos a nuevos hallazgos con los que seguir construyendo, pieza a pieza, ese precioso universo común.

Cada amistad podría entenderse, por tanto, como un proyecto creativo íntimo y único en su especie. Lleno de pequeños y grandes secretos; de momentos de acuerdo y desunión; de recuerdos parciales y fragmentarios. El resultado de todo ello es una obra cuyos contornos solo somos capaces de observar con el transcurso de los años. Solo el tiempo nos regala esa perspectiva cenital de la amistad, esa visión a vista de pájaro en la que se basa la propuesta que han desarrollado los artistas Carmen Gray y Luce para espaivisor de València.

Se trata de un proyecto de cartografía vital que recorre la primera década de amistad de ambos autores a través de textos, objetos e imágenes que sirven como pruebas documentales. Se inicia en 2009, durante los estertores de la adolescencia -cuando Carmen Gray daba sus primeros pasos en firme en el mundo de la fotografía, y Luce en el arte urbano- y llega hasta la actualidad.

El mapa se compone de un sinfín de piezas de madera -material que identifica el trabajo de Luce desde los inicios de su trayectoria- sobre las que se han escrito literalmente a fuego (es decir, con ayuda de un pirograbador) recuerdos sobre experiencias comunes, viajes y anteriores colaboraciones artísticas. Los textos se expanden y amplían o se contraen hasta ser casi ilegibles, como si emularan el funcionamiento flexible, esquivo y errático de cualquier ejercicio de memoria compartida. El mapa también refleja el fecundo cruce de referencias que ha definido durante estos años la amistad entre ambos. Lecturas sobre la construcción de la memoria (Susan Sontag, Roland Barthes, Fontcuberta, Deleuze, Walter Benjamin) o la simple acción de caminar (Herzog, David Le Breton, Lefebvre), tan reivindicada por los situacionistas.

Al reconstruir su pasado común, Carmen Gray y Luce han erigido las rutas psicogeográficas de los lugares por los que han deambulado o trabajado durante los últimos diez años: València, Londres, Varsovia, Berlín, Amsterdam, Madrid, Barcelona, Mallorca, Estados Unidos... se nos presentan aquí bajo una nueva luz. Los hitos de la ciudad ya no son los monumentos de postal ni las grandes avenidas. Son callejuelas oscuras, muros, pequeños talleres, habitaciones en piso de alquiler, antros... ¿acaso no es eso lo único que nos queda después de todo?.