lunes, 17 de diciembre de 2018

ESTHER FERRER EN ESPAIVISOR DE VALENCIA


En calle Carrasquer, 2 de Valencia.
Hasta el 18 de enero de 2019

Un cuerpo femenino idea y atraviesa un espacio en un tiempo no estipulado. Hay una combinación natural entre cuerpo y espacio que lo performático incluyó para siempre en la representación característica del arte, que se bastaba hasta entonces con las dos y las tres dimensiones para representar lo externo o para construir relatos surgidos de lo real, incluyendo dentro de sí la más radical iconoclastia.

Poner el cuerpo y recorrer un espacio, o simplemente ocuparlo, añade el tiempo a la representación artística, que deja de ser sólo eso, realidad representada, para construir un momento real. Las acciones, por otro lado, rompen con la univocidad de la autoría y del yo, al tiempo que cuestionan el fetichismo artístico, pues su obra resultante, en el mejor de los casos, deviene registro de la acción; pero el tiempo de su observación es otro bien distinto, desaparece el presente para convertirse en un presente.

Mientras lo determinado incluye un nosotros en el tiempo cuando ocurre, lo indeterminado lo convierte en resultado, en mercancía. En este sentido, tiempo y espacio convergen para construir otra cosa que no depende exclusivamente de uno o de otro, sino de la indivisible presencia de ambos, adquiriendo la personalidad propia de los números primos, que sólo pueden dividirse por la unidad y por ellos mismos.

Esther Ferrer (San Sebastián, 1937) ha desarrollado su práctica de manera rigurosa y libre transitando por diferentes técnicas artísticas e incorporando su cuerpo como un testigo que ha reivindicado, desde la década de los años setenta del siglo pasado, la máxima feminista “nuestro cuerpo nos pertenece”.

Tomar las riendas de su vida, y hacerlo con la exposición pública de un cuerpo en ocasiones desnudo, certifica no sólo los grandes logros sociales y políticos del arte contemporáneo posterior a los años sesenta; también cuestiona el mantenimiento más bien precario de esos logros o su actualización lógica en las prácticas desarrolladas en la actualidad.

En un momento donde las libertades individuales no dejan de estar sometidas a la presión de unas leyes cada vez más retrógradas, amparadas en el eufemismo de la seguridad colectiva o nacional, sus obras alzan la mano para recuperar la sencillez de un gesto o la contundencia de la repetición azarosa de un mismo movimiento en un espacio. Un corpus de obra que siempre resulta comprometido y ameno, que induce a repensar lo sabido o a experimentar con aquello que se muestra novedoso y rotundo.

La inclusión de lo cotidiano en el arte consigue una fusión entre vida y academia, o entre individuo y trabajo productivo, que refunda sus bases y lo lanza hacia terrenos aún por descubrir, tanto como acción física plausible, cuanto como campo de interpretación teórica.  En esta su segunda muestra individual en espaivisor, se reúnen algunas de sus obras principales que han servido para activar esta fusión entre intimidad y exhortación; entre los sonidos minimalistas proyectados por la voz humana y los silencios que los unen como una sutura; entre el espacio ideado y las sorpresas de los encuentros una vez recorrido.

El tiempo aquí es táctil, prensil, maleable, tanto como medible es el espacio donde convive. Las obras seleccionadas presentan varias líneas de actuación característica de Esther Ferrer y perfectamente necesitada entre sí para completar una mirada de conjunto, pues su práctica es diversa y fecunda como su trayectoria, a través de la cual ha investigado copiosamente como artista, activista, escritora, performer, poeta, música y docente.

Un primer bloque se conforma con las obras sobre papel tituladas genéricamente Poemas de los números primos, en sus diferentes acercamientos estéticos y técnicos. Estas piezas desarrollan una suerte de geometría que tanto pudiera indicar unas instrucciones de uso para realizar poliedros que se muestran aquí desplegados, como los pasos exactos que debe recorrer un cuerpo en un espacio; y, a su vez, nada de esto en absoluto.

Los números se insertan dentro de las partes de un todo que, con frecuencia, conforman una figura geométrica o un conjunto de ellas. Las variaciones sobre un mismo tema, parece obvio que beben de la práctica musical y de la danza: la repetición incesante de una mano sobre un teclado o de un cuerpo memorizando unos movimientos. Todo sirve para una finalidad que parece ser asimismo el origen, pues los números primos evocan un espacio anterior a cualquier intercambio, a cualquier pulsión compartida.

Al ser únicamente divisibles por 1 y por ellos mismos, parecieran en sí mismos una tautología, un gesto repetido que va alejándose cada vez más, como un eco que va perdiendo fuerza. Los materiales empleados, sobre todo pintura (como base de los papeles o lienzos), rotulador, lápiz e hilo, repercuten en las prácticas que se han asociado a ciertas labores domésticas, pero que en este contexto adquieren una presencia que se anticipa a los estereotipos para devenir encuentros veraces, posibilidades reales de trascender su forma. 

A modo de transición entre el primer y el segundo bloque, encontramos un par de dibujos como esquemas preparatorios para realizar acciones o esculturas. Es el caso de Canon para 5 elementos: 4 sillas y una mesa y Homage à Fontana, que muestra un papel rasgado verticalmente suturado posteriormente con hilo blanco. Una referencia clara, tal vez la única, a la historia del arte donde estas obras se insertan, malgré tout y que acarrea una gran carga simbólica y feminista.

Destacan asimismo dos maquetas para instalaciones realizadas en esquinas de un espacio cualquiera, donde queda patente el esfuerzo plástico de su aspecto provisional, y la magnífica Marco que enmarca un marco que enmarca un marco… mostrando en tres dimensiones un mise en abyme de proporciones míticas. Si las obras del bloque anterior se ceñían casi en exclusiva a la planificación sobre el plano de posibles espacios que pudieran levantarse sobre sí mismos, o esculturas que de pronto tomaran perspectiva, éstas muestran con claridad el espacio a escala y la posibilidad de actuar en él, a través de él.

No en vano, la presencia del Piano Satie al principio de la muestra refuerza la importancia del objeto, así como la decisiva influencia de la música y de Satie para la artista, que lo considera el precursor del minimalismo que después John Cage llevó hasta terrenos ignotos. Como colofón de esta serie de obras de gran profundidad, y en lo que podríamos denominar tercer bloque, encontramos tres autorretratos que convierten en presencia viva el rostro de la artista a lo largo de los años.

Autorretrato lacerado (maqueta) es un collage que presenta una fotografía de su busto cortada en finas tiras horizontales que se han vuelto a pegar sobre un soporte, pero sutilmente distanciadas entre sí. El efecto que provoca los escasos milímetros de separación recuerda una impresión informática algo primitiva, pero también la posibilidad de un busto escultórico reproducido fotográficamente. Autorretrato en el espacio (de la nada a la nada), 1987 y Autorretrato en el tiempo, 1981-2014, representan la quintaesencia del trabajo fotográfico de Esther Ferrer, donde aparece condensada toda su filosofía artística y vital.

El primero está compuesto por 23 fotografías en blanco y negro que van emergiendo desde el blanco del papel hasta un gris medio que deja ver con claridad su rostro, para ir diluyéndose hasta perderse de nuevo en el blanco. Al margen de las claras connotaciones sobre la identidad, esta serie se puede leer también en términos de latencia de lo fotográfico. El segundo autorretrato se conforma de 49 fotografías, también en b/n, organizadas en dos grupos: un primer grupo muestra siete retratos de la autora en siete momentos distintos entre 1981 y 2014; mientras que el segundo grupo, compuesto por seis filas, muestran combinaciones de rostros realizadas con media cara de un año y media de otro, perfectamente ensambladas y donde se aprecia la coherencia del mismo gesto expresado a lo largo de cuatro décadas. La progresión aritmética de esta serie de retratos reincide en el componente matemático del trabajo de Esther Ferrer, así como en la vinculación histórica que esta ciencia ha demostrado tener con la música y con “el seguro azar”.

Álvaro de los Ángeles.