viernes, 28 de septiembre de 2018

CALO CARRATALÁ DE VIAJES (2008-2018) EN EL CASTILLO DE ALAQUÀS

Calo Carratalá nos acompaña por su exposición. 
Audiovisual Por: Joan Josep Soler Navarro
Historiador del Arte.
Miembro d' AVCA. Asso. Vciana. Crítics d'Art.
Miembro del ICOM-UNESCO. Consejo Inter. de Museos.

Entrevista a Calo Carratalá 
Por: Marisa Giménez Soler
        Comisaria de la Exposición
        Historiadora del Arte. 

Llegar hasta el Castillo de Alaquàs, subir las escaleras, y adentrarse en sus salas nobles va a suponer, durante el tiempo que se prolongue la exposición De Viajes (2008-2018) de Calo Carratalá un ejercicio para los sentidos; un recorrido en el que la contemplación, alentada por el ritmo que marcan sensibilidad y emoción, avanzará por senderos de introspección y búsqueda. 

Paisajes traídos de lejos y de no tan lejos, pinturas sobre las que la mirada se fija y permanece, se eleva, busca escondite, refugio, o halla al fin paraísos íntimos perdidos en el tiempo y la memoria. Visitar esta muestra supone una oportunidad para poder acercarse a la obra realizada en los diez últimos años por este artista coherente, inconformista y perseverante, de oficio demostrado y talento infinito; un viaje que nos llevará a atravesar sus selvas inhóspitas, frondosas, las vegetaciones misteriosas reflejadas en sus ríos; nos hará sentir el silencio que transmiten imponentes montañas, el frío y la soledad que irradia su nieve blanquísima, pisar sus tierras y cubrirnos con sus cielos.  

Es también un buen momento para hacer un repaso a su trayectoria, charlar con él sobre su vida; sus inicios en el ámbito artístico, los viajes, sus referentes en la pintura, la manera de enfocar su trabajo, sus preocupaciones presentes y futuras; en definitiva, conocerle un poco más para poder, así, entender y valorar mejor su obra. 

¿Cómo fueron tus inicios en el mundo del arte? 
Empiezo a pintar en el taller del escultor Vicente Pallardó, al que todos por entonces llamábamos “el mestre”. En esa época en Torrent, después del colegio, o bien ibas al gimnasio Herca, a música… o al estudio de don Vicente. Como me gustaba pintar, siempre estaba con libretas, con lápices… me apuntó mi madre a las clases del mestre y es allí donde comienzo, copiando láminas, que es lo que hacíamos como iniciación, para después, paulatinamente, ir aprendiendo otras disciplinas como escultura o pintura. Continué yendo hasta que me matriculé en la Facultad de Bellas Artes, bastantes años después.  

¿Te recuerdas como un niño retraído, solitario, que pasaba horas dibujando? 
No, siempre me ha gustado tratar con la gente, independientemente de que sea algo tímido en ocasiones. Me encantaba estar con mis amigos y lo pasaba bien. No era el típico raro ni el niño solitario que se escondía para pintar en un rincón, no (risas). Me gustaba más pintar, más pintar que jugar al fútbol, pero, bueno, he socializado siempre con todo el mundo, aunque, en el fondo, la práctica artística acaba siendo muy solitaria. 

¿Siempre tuviste claro que querías estudiar Bellas Artes? 
Sí, la verdad es que siempre tuve claro desde muy pequeño que quería ser pintor, a pesar de ser consciente de que no iba a ser un camino de rosas. Una vez acabada la carrera, aposté de lleno por el mundo de la pintura, pensando que, si al final no podía vivir de ella –tras haberlo intentando con todas mis fuerzas–, me dedicaría a cualquier otra cosa tranquilamente, sin traumas. Mirando atrás, creo que de no ser pintor hubiera elegido una profesión que no tuviera nada que ver, desvinculada totalmente del arte… y ya puestos a imaginar, si ejerciendo esa otra actividad hubiese ganado dinero...sería coleccionista (risas).  

¿Antes de dedicarte plenamente a la pintura, no realizaste otros trabajos? 
Mientras cursaba bachiller –lo hice nocturno–, trabajé por las mañanas en la empresa de mi padre, luego en una imprenta, después hice la mili... y a la vuelta, con el dinero que había cobrado del paro, me matriculé en Bellas Artes. Durante un tiempo fui profesor en la Facultad de Teruel, pero lo dejé porque me interesa la vida de pintor más que la de docente, aunque sí que he colaborado como profesor en distintos cursos de verano con las universidades de Teruel y Valencia. Estos cursos suelen durar unos días y me sirven para distanciarme un poco del estudio y seguir en contacto con el mundo universitario. 
¿Cómo viviste tu paso por la Facultad de Bellas Artes? 
La Facultad de San Carlos a principios de los 80 era muy divertida. Me lo pasé muy bien esos años, éramos jóvenes, había compañeros de distintas partes de España, teníamos ganas de compartir experiencias; fue muy enriquecedor. Valencia dejaba de ser una capital de provincias, empezaba a ser algo mucho más vivo y por aquella época, culturalmente hablando, pasaron muchas cosas. En la facultad, además, se trabajaba muchísimo y yo era de los que llegaban a las ocho de la mañana y estaba hasta el final, todo el día. A mí me gustaba ir a clase, sobre todo a las clases prácticas, que como pintor eran las que más me interesaban. 

¿Hubo algún profesor que te marcara o que influyera en tu trayectoria? 
A mí Eduardo Sales me gustó muchísimo, también me gustó mucho en esa época Miguel Ángel Ríos, que me dio Dibujo y, sí, algunos otros.  

Luego, fue acabar la carrera y empezar a ganar premios como un loco. 
Bueno, no fue tan rápido (risas), me costó un poco más. La verdad es que he ganado algunos certámenes de pintura, la obra ha sido reconocida… Yo acabé la facultad y seguí pintando, algunos compañeros se metieron en tesis, doctorados, pero yo tenía claro que quería pintar, no me interesaba continuar en el ámbito académico. Sí que me apunté a la especialidad de Grabado, -estuve un año- para ampliar conocimientos, fui también a clases de dibujo para mejorar las técnicas, pero no con la idea de quedarme en la facultad, sino simplemente como parte del desarrollo profesional y personal. 

Son mediados de los 80 cuando acabas la carrera. ¿Cómo recuerdas el ambiente artístico en la Valencia de esa época? 
Yo acabo en el 86 y en esa época había pocas galerías de arte contemporáneo en Valencia; estaban Val i Trenta, Theo, Punto… Más tarde abrieron Temple, Ray Gun –en la que expuse–, La Nave, donde también trabajé, My Name´s Lolita Art… Tampoco estaba el IVAM, que abrió poco después, en 1989. Luego sí, poco a poco fueron inaugurando una galería tras otra hasta crear un circuito importante. Nosotros, recién licenciados, exponíamos más en bares; en el barrio de El Carmen había espacios alternativos como La Marxa, el Café Lisboa o Cavallers de Neu, que daban a la gente joven la oportunidad de mostrar su trabajo. 

¿Cómo era tu obra en aquellos años? 
Mi primera exposición en una galería fue en Postpos, que también abrió sus puertas por entonces y consistió en una videoinstalación que hicimos Pamen Pereira y yo -éramos compañeros de promoción-, en colaboración con una empresa que se llamaba Drop Out. La titulamos “Ventanas”. Sí, en esos años hice videoinstalaciones, también me interesaba experimentar en el campo de la abstracción; era donde nos movíamos los que en esos años salíamos de la Facultad de Bellas Artes: el vídeo, la abstracción, el pop, un pop más o menos Crónica, un pop un poco más o menos americano, abstracción americana…, casi todos dábamos los mismos pasos. Luego, cada uno tomaba su derrotero personal y yo, poco a poco, me fui metiendo en el terreno de la figuración. 

Entre otros, fuiste merecedor del Premio Bancaja, que durante años fue un certamen muy reconocido, el premio que todos los artistas jóvenes querían ganar porque situaba tu nombre en el mapa artístico del momento. 
Sí, lo gano en 1998. Ese mismo año también gano el premio del Ateneo de Valencia, que se vuelve a convocar después de diez años. Son unos premios muy importantes en Valencia y a los que se presenta todo el mundo. Para que te hagas una idea: el año que gano el Primer Premio Bancaja concurrieron más de 500 obras, una verdadera locura; en aquella época era una de las pocas formas que había de conseguir vender obra. Con el dinero del premio me fui a Madrid, no con la intención de quedarme -a mí me gusta vivir en Valencia-, sino para ver exposiciones en galerías, museos y...pintar. Me alquilé un estudio y estuve allí viviendo seis meses.  

Unos años después, también disfrutaste de la Beca de la Academia Española en Roma. ¿Qué recuerdos tienes de esa estancia? 
La Beca de la Academia de España en Roma fue todo un lujo. Éramos becarios de distintas disciplinas, no solo de Bellas Artes; había escritores, músicos, arqueólogos, arquitectos, poetas…, sí, fue bonito compartir un curso con tantos y buenos becarios. Además tuve la suerte de tener como director a Felipe Garín, a quien le gustaba organizar muchas actividades para mantener viva la academia: conferencias y conciertos en el salón de actos, exposiciones… Siempre había importantes personalidades invitadas con las que charlábamos de forma distendida a la hora del desayuno o la comida. Felipe animaba a los becarios a salir a descubrir y vivir Roma e Italia como parte de nuestra formación. 

¿Cuándo empiezas a interesarte por el tema del paisaje? 
A principios de los 90 comienzo a pintar paisajes de Torrent, que es lo que tengo más próximo, de L´horta. Cada vez más me meto en el tema y empiezo a leer sobre ello. No me centro en los impresionistas, me interesa más la pintura de naturaleza del siglo XVII. En esa época voy mucho al Museo del Prado, hago apuntes sobre Goya y visito una gran exposición del romántico alemán del XIX, Caspar David Friedrich. Poco después viajo a ver la muestra El siglo de oro del paisaje holandés, y todos ellos empiezan a ser mis referentes en el mundo del paisaje: Van de Velde, Van Goyen, Van Ruysdael… -aún consulto el catálogo de esa exposición magnífica que se hizo en Barcelona-. También me interesan algunos paisajistas italianos, como Salvatore Rosa, del XVII, y la Escuela de Barbizon -precedente del impresionismo-, que me parece fundamental. 

En muchos de tus paisajes no hay presencia humana; son las pequeñas construcciones, casas, cabañas...las que sugieren las proporciones, las medidas. 
Frente al concepto neoclásico del siglo XVIII, en el que el paisaje gira alrededor del hombre, en el romanticismo la naturaleza cobra todo el protagonismo, todo el peso, la figura humana apenas aparece, son paisajes “cultos”, sublimes que se llaman. Es curioso cómo va cambiando la percepción del paisaje a lo largo de la historia. Cuando comienzas a estudiar, a leer sobre el tema, vas descubriendo las distintas corrientes, los diferentes enfoques que se dan desde la Edad Media, el Renacimiento….; el campo de brujas, su relación con lo misterioso, lo peligroso, hasta llegar al concepto actual que valora, ensalza, los paisajes vírgenes como espacios a proteger.  

Ahora prevalece una mirada proteccionista respecto al paisaje que antes no se tenía. 
Sí, antes no se tenía para nada. En el Romanticismo son paisajes a descubrir, en el siglo XXI son paisajes a proteger. Ha cambiado totalmente el concepto, la visión y la mirada que se tiene sobre el territorio, sobre la naturaleza.  

Eres un pintor viajero, al que le gusta desplazarse, conocer, pisar el terreno que vas a pintar… 
A mí me gusta ir a los sitios, estar una temporada disfrutándolos para después recrearlos en el estudio. Durante mis estancias hago apuntes del natural, bocetos, fotografías y, depende de dónde esté, empleo óleos o acuarelas. El proceso de trabajo de los paisajes siempre parte de apuntes tomados del natural, suelo llevar un bloc de dibujo formato A4 y voy haciendo dibujos y acuarelas, anotaciones sobre los lugares, reseñas que me puedan interesar. Normalmente voy con la cámara y hago fotos de esos mismos espacios que he dibujado.  

Lo que también me gusta es volver al mismo sitio donde he elaborado este trabajo previo en días distintos. A lo mejor cuatro o cinco días después, una semana. A veces realizo pequeños apuntes al óleo o acuarelas, pequeñas tablitas más que nada, porque son rápidas de ejecutar y te permiten tener al momento una primera sensación, bosquejo e idea de lo que luego será el cuadro. Es un método que a mí me resulta muy cómodo y muy útil. Ese viene a ser el sistema del trabajo de campo.  

Y luego, con todo ese trabajo, ese material, comienzas en el estudio a pintar los cuadros. 
Cuando viajo fuera de España mis estancias suelen durar en torno a un mes, que es un tiempo que te permite involucrarte dentro del paisaje, encontrar localizaciones, lidiar con cosas inesperadas que a lo mejor no habías planteado que te pudieran surgir. Más tarde, cuando regreso, todo el material de trabajo acumulado en el viaje lo almaceno en mi estudio y me olvido, no lo vuelvo a abrir hasta que transcurre medio año por lo menos, entonces lo recupero y empiezo a pintar. 

¿Por qué te gusta esperar que el tiempo pase para comenzar a trabajar sobre el viaje? 
Porque las sensaciones creo que hay que madurarlas, tienes que revivir el viaje de forma mental también. Durante ese tiempo aprovecho para revisar documentación, libros sobre el lugar o para buscar datos que me interesan en Internet. Después de mi estancia en Tanzania, por ejemplo, he acabado un libro que compré allí sobre la localidad de Bagamoyo, una pequeña ciudad cerca de Dar es Salam, que en su momento fue clave en el tráfico de esclavos; también he leído alguna cosa sobre las colonizaciones de África, sobre la zona y todo ese material lo voy reteniendo; al cabo de unos meses o un año, depende, empiezo una nueva serie. Me gusta que pase tiempo para revivir el viaje, para no quedarme solo con lo anecdótico. Creo que adquiere más peso la experiencia. 

Has viajado a las montañas de Noruega, al Amazonas, al Cañón del Colorado....¿qué viaje te ha impactado más? 
Me han gustado todos. El Amazonas, a donde he viajado en dos ocasiones, impresiona. La Amazonía es muy salvaje y más haciendo el tipo de viaje que hago yo, que voy solo, buscándome un poco la vida por ahí, con guías locales. Es un viaje fuerte en emociones. Este último viaje a Tanzania también ha sido peligroso de alguna forma; supone un cambio cultural muy fuerte, es el tercer mundo y es un gran impacto el que recibes, te tienes que acostumbrar a su gente, a su manera de hacer las cosas. 

¿En esos viajes tan largos pasas mucho tiempo solo, pintando? 
Tienen algo de viajes espirituales también. Me paso el día yo solo, pintando, paso mucho tiempo pensando en mis cosas, viajando, observando. Si no espirituales, que suena muy religioso, sí tienen algo de viaje introspectivo. 

Son viajes que también te llevan lejos de tu mundo cotidiano, que te distancian de la rutina diaria. 
Sí, te alejan de la rutina de la ciudad y también de la rutina del mundo del arte. De alguna manera desconecto, veo las cosas con cierta distancia y eso me viene muy bien, porque muchos compañeros del ámbito artístico parecen preocupados por estar siempre ahí, por conocer a éste o a aquél, por ir a todos los sitios, por saber quién es quién… y a mí, no es que sea raro, pero esas cosas me importan menos, no estoy tan pendiente. Me acuerdo que, en la época en la que me presentaba a muchos certámenes de pintura, todo el mundo se enteraba de quién estaba en el jurado y quién no estaba. Yo, al principio, reconozco que también y dejé de presentarme durante un tiempo porque te llegas a obsesionar mucho, acabas de terminar la carrera y si no te seleccionan te quedas preocupado por si la obra es buena, no es buena, por lo que habrá pensado el jurado. Luego ya me dio igual; yo llevaba mi cuadro, si me seleccionaban genial, si no, también, si me daban un premio, muy contento, y si no, cuando el cuadro llegaba al estudio lo volvía a embalar y lo enviaba a otro lado, no le daba tantas vueltas. Llega un momento en el que ya no dependes de la opinión que viene de fuera, del crítico, de un jurado… Si no te seleccionan no pasa nada, no te hunden en la miseria. Hoy en día tengo la misma actitud respecto a mi pintura. Yo sigo pintando mis cuadros, independientemente de que me cojan en un sitio o en otro. A mí, mi pintura me funciona, me va muy bien. No me traumatiza que no se vendan los cuadros en una exposición o en una feria. Prefiero que se vendan, por supuesto, pero si no se venden no me obsesiono, y creo que los viajes, alejarme de vez en cuando, olvidarme de todo esto, me vienen bien para relativizar. Esta actitud supongo que tendrá algún inconveniente, no conoceré a tanta gente o no haré tanto bussiness como otros, pero tiene la ventaja de que enfocas el trabajo de forma distinta. 

Pero tú, aunque viajes, sí que estás muy relacionado con el mundo del arte; vas a muchas inauguraciones, tienes amigos artistas… ¿Cómo es tu relación con el ámbito artístico de Valencia? 
Yo voy a ver muchas exposiciones de amigos, de gente que conozco y también de gente que no conozco. Me gusta encontrarme y hablar con compañeros, ir a los eventos que me apetece, no tener la obligación de acudir a un sitio o a otro. Ir más por libre creo que me permite tener la ventaja de construir mi propia crítica. Hay veces que mucha gente parece coincidir en que tal o tales artistas “son buenos, les va muy bien, están teniendo mucho éxito” y a mí, sin embargo, no me gusta lo que hacen (o sí); muchas veces no estoy de acuerdo con la opinión de los demás, ni con la de mi grupo más cercano. Los años y la experiencia hacen que tu criterio sobre el arte se fortalezca, adquieres más seguridad, intento no tener prejuicios y me encanta ver el trabajo de otros artistas. Cuando viajo a Madrid, por ejemplo, me recorro todas las galerías, cojo la calle y empiezo por la primera y acabo en la última. Recientemente he estado en Lisboa y también he visitado todo lo que he podido. 

El crítico y comisario Martí Domínguez te llamó “el último paisajista”. ¿Te sientes identificado con esa definición? 
Esa frase, más que de Martí Domínguez, es de Esteve Adam, el pintor de Algemesí, un buen amigo y un gran artista. Un día se ve que Martí le dijo que era el último paisajista y Esteve le respondió: “No, no, el último paisajista es Calo” (risas). Él también sigue saliendo al campo, a los alrededores de la Albufera, la zona que le gusta pintar. Yo soy un paisajista más viajero, que voy a otras partes del mundo; igual estoy en Tanzania que en Alarcón. 

¿A lo largo de tu trayectoria has cambiado mucho de lugar de trabajo? ¿Cuántos estudios has tenido? 
El primero lo tuve en Torrent, con Julián León, un compañero de la facultad, y por allí pasaron otros amigos de Bellas Artes. Más tarde, Julián se fue a su estudio y yo al mío; él se dedicó más al mundo gráfico y yo a la pintura. En esa época hicimos algunos trabajos para el Ayuntamiento de Torrent, como carteles para fiestas. Él los hacía más gráficos y yo, como venía de esa etapa abstracta, del videoarte, los hacía más conceptuales, con telas de alambre y cosas colgando. La verdad es que los míos tuvieron un éxito relativo, no se entendían mucho. Después me fui a Valencia, donde tuve el estudio en el centro un montón de años, ¡ya tengo un montón de años para todo! (risas). Con el tiempo el piso se me iba quedando pequeño; había hecho la exposición en el Centro del Carmen, me habían comprado coleccionistas extranjeros, trabajaba con algunas galerías de fuera y me empecé a plantear buscar un espacio más amplio. Ya no ves fundamental estar en la ciudad, ya no es como antes, que necesitabas estar cerca de todo, salir más. Ahora lo que te importa es trabajar mejor. 

Los formatos de tus cuadros, algunos tan enormes, no cabrían en el estudio. Te condicionarían bastante. 
Mis formatos son grandes, había que subirlos y bajarlos por las escalera. También vas cumpliendo años y cada vez pesan más. Para la exposición de Noruega en el Centro del Carmen me dejaron unos familiares una nave nueva. Ellos tienen una imprenta, Galería Gráfica, y me hicieron el favor de cedérmela unos meses, y allí pinté alguno de los cuadros. A partir de ese momento comencé a buscar una y encontré la de Alaquàs, en la que estoy encantado, porque es muy cómoda para trabajar, tengo un espacio amplísimo, está muy cerca del pueblo y a un paso de Valencia.  

En el polígono industrial en el que estás también has encontrado profesionales que colaboran en la producción de tus obras. 
Sí, algunas de las últimas obras las he realizado con vecinos del polígono. Los acabados de los trabajos en hierro para murales los he hecho con un taller de plancha y pintura que tengo al lado de mi nave (Autos Moval); los últimos encargos me los está elaborando una carpintería mecánica que tengo enfrente. Poco a poco vas haciendo la infraestructura de trabajo con la gente que tienes alrededor. Resulta mucho más fácil. 

Has utilizando el hierro como soporte en tus trabajos más recientes. ¿Vas a seguir empleándolo en tus próximas obras? 
Bueno, las planchas de hierro las utilizo por primera vez en un encargo que me hacen para un chalé de la urbanización El Bosque, un proyecto que surge a raíz de una comida en casa de una coleccionista que quería una obra mía para el exterior de su casa y, tras darle muchas vueltas y presentarle varias propuestas, decidimos que el trabajo consistiría en un mural de 5 metros de largo que cubriría toda la fachada de la puerta. Un políptico de cuatro piezas que se pudiera abrir y cerrar independientemente; la composición formaría un paisaje que también podría separarse por partes, sin afectar a todo el conjunto. En el diseño del montaje conté con la colaboración de la empresa Dicoma Pack. 

Este proyecto motivó una exposición en la que se mostraba la puerta, así como los bocetos, apuntes y un vídeo sobre su realización.  
Sí, se presentó para el Abierto Valencia en la galería Alba Cabrera en octubre del año pasado (2017). Trasladamos la puerta a la exposición -que se pudiera desmontar fácilmente era algo que ya habíamos previsto-. Se mostró como una obra, como el desarrollo de un proyecto singular, distinto.  

¿Eres un artista metódico?, ¿te gusta seguir siempre las mismas pautas, los mismos horarios de trabajo? 
Yo soy un pintor diurno. La vida del pintor es muy aburrida. Yo me levanto por la mañana, voy a comprar el pan, preparo el desayuno para los de casa y me voy al estudio a trabajar y me paso allí todo el día. Es el horario que me gusta. Prefiero trabajar por el día, por la noche me resulta más pesado. Un día, un colega pintor me decía que había que pintar por la noche, me intentaba convencer de que por la noche… la inspiración… tal y tal y… “bueno, pues por la noche pintas tú y ya está”. Yo no te digo ni que sea peor ni mejor, sino que a mí me va bien pintar por el día. 

¿Siempre has pintado por el día, incluso de joven? 
Sí. Empezó también por una necesidad. Mi padre fue toda su vida empresario y yo, cuando acabé la carrera, sabía que si pintaba por la noche él no lo iba a entender y me iba a decir que preparara una oposición o algo así. En cambio, si seguía un horario, si me levantaba por la mañana, me iba a mi estudio y estaba unos años sin ganar dinero, él, como empresario, lo iba a ver muy normal, porque cuando uno empieza una empresa le va a costar unos años hasta que las cosas le funcionen. Entonces decidí que si quería pintar lo iba a hacer siguiendo un horario de trabajo, levantarme a las siete, irme al estudio, pintar, venir a comer y así he seguido. 

¿Tus padres siempre te apoyaron? 
Cuando era pequeño les gustaba que fuera a pintar, pero con los años, cuando te vas haciendo mayor… digamos que no era una carrera que por aquella época les hiciera mucha gracia. 

¿No había ningún precedente, ningún pintor en la familia? 
La familia de mi padre proviene más del mundo de empresa y son más de la terreta, de Torrent, de Albal, pero por parte de mi madre es mucho más variada, hay militares, algún artista; mis bisabuelos o tatarabuelos eran italianos, tengo tíos y primos en Perú, es una familia más viajera... hay una sobrina que es poeta.  

Eres también un pintor muy ordenado, que rompe con el tópico de pintor caótico. 
Me gusta tener las cosas ordenadas, no me gusta tener el estudio sucio. Al estar ahora en una nave muy amplia, te apetece tener más obra a la vista para que no quede desangelada, pero mi forma de funcionar es por la costumbre de haber estado durante años en un estudio pequeño, en un piso. La zona donde pintaba en Valencia medía 40 metros y, claro, todas las paredes se ocupaban con lo que estaba haciendo en ese momento, así que guardaba las series, los cuadros anteriores ordenados en el pequeño almacén que tenía. Eso es lo que sigo haciendo ahora, la metodología de trabajo me viene de esa época, porque si no hubiera sido un caos tenerlo todo mezclado. Entonces pintaba por series o por temas y así sigo, es una forma más productiva, porque los pinceles se manchan de colores, los lápices… todo va cogiendo el tono, hasta el estudio se va vistiendo del mismo color, del mismo tema.  

Te gusta retomar series, retocar cuadros una y otra vez, cambiar cielos, añadir cosas… 
Sí, lo hago como han hecho muchísimos pintores que me interesan, no me causa ningún problema. Hay veces que aprovecho esos impases de tiempo en los que no sabes exactamente qué es lo que vas a hacer, entonces retomo algunos cuadros que se me van quedado en el estudio, los que en ese momento me parecen inacabados, los que no me satisfacen plenamente y, otras veces, los cojo simplemente por tenerlos cerca. Pienso: “A esa obra el día que tenga un rato le tengo que hacer esto o lo otro”.

A veces dejas la soledad del estudio para embarcarte en proyectos colectivos. ¿Qué te aporta trabajar con otros artistas?  
La pintura, en mi caso, tiene su faceta creativa, que es la que llevo a cabo de forma individual en el estudio y luego está la cara más social, las colaboraciones con artistas, con amigos poetas ilustrando poesías, libros... También, desde hace cinco años, formo parte del colectivo Cazadoras Asociados, con el que hacemos exposiciones exprés, de escasa duración -incluso alguna ha durado tan solo unas horas-. En la primera edición de Abierto Valencia invité a una artista inglesa de Bristol, Helen Jones, que conocí en una feria para exponer juntos. Sí, participar en estas iniciativas me gusta, aprovecho para hacer cosas diferentes y tocar otros temas alejados del paisaje.  

Hoy, también en el ámbito artístico, vivimos en una era virtual en que ya todo el mundo se relaciona por Internet. ¿Consideras que el papel que juegan las galerías de arte sigue siendo importante? 
Yo creo que es fundamental. Por supuesto que el mundo digital está creciendo y hoy hay muchas galerías en Internet. Yo trabajo con algunas, pero a mí me sigue pareciendo importantísimo su papel. Además, como artista no puedes hacerlo todo, no puedes ser pintor, diseñador, galerista, vendedor… y la galería realiza esa función de enlace entre el cliente y el productor de cuadros -esa sería la forma más prosaica de contarlo-. Sí, la función de galerista va mucho más allá de vender y comprar cuadros, es importante a la hora de organizar y realizar exposiciones, hacer el seguimiento de la obra, aconsejar y opinar; es mucho más que una simple intermediación, es una de las cuatro patas de la mesa. Tú puedes estar en el estudio trabajando, pero sabes que hay un galerista en otro espacio defendiendo tu obra, mostrándola y, bueno, luego se entabla una relación, tienes ahí un asesor, una persona con la que encaras proyectos, con la que colaboras en muchas cosas. 

A lo largo de estos años tu obra ha estado presente en muchas ferias internacionales. ¿Crees que siguen siendo un escaparate importante?  
Las ferias son una oportunidad de que vea tu trabajo un público nuevo y amplio. Es una forma de que más gente, entendidos en arte o no, se acerquen a tu obra. He participado en muchas, por ejemplo en ARCO o Art Madrid, que son las dos más importantes en España. Hace poco hemos estado en JUST Lisboa. La verdad es que a mí me han funcionado bien. 

¿Sueles acudir a las ferias, te gusta defender tu obra allí, físicamente? 
Sí, me gusta estar. Todo el día es un poco pesado y tampoco considero que sea mi función estar vendiendo los cuadros, pero me gusta ir los días clave y quedar allí con gente, me gusta ver la reacción que tiene el público respecto a mi trabajo, hablar con unos y con otros, me lo paso bien. En el stand puedo quedarme un rato, ayudar, colgar un cuadro, atender a los coleccionistas pero soy pintor, no galerista. Por otra parte, las ferias te dan la posibilidad, en un espacio y en un tiempo reducido, de ver de un tirón cuarenta o cincuenta galerías y más de cien artistas distintos. Eres de los pocos artistas en Valencia que vive exclusivamente de su pintura.

¿Es difícil, teniendo familia, vivir solo de tus cuadros en una ciudad en la que el coleccionismo es tan escaso? 
En mi caso trabajamos los dos y ha habido momentos en los que a uno le ha ido mejor que al otro y viceversa, de esta forma ha sido más fácil. Si dependiéramos solo de un sueldo o de lo que yo pinto iríamos, como cualquier familia en esas circunstancias, más agobiados, y no hubiésemos podido hacer tantas cosas, nos tendríamos que haber planteado las cosas de forma distinta. 

En todo este tiempo, ¿nunca has pensado en tirar la toalla y dedicarte a otra cosa? 
Ahora ya tengo claro que no me voy a poner a hacer otra cosa. Me lo planteé más al principio, me decía: “Bueno, si no me va bien dejo de pintar y me dedico a otra cosa, lo he intentado y tal…”. Me acuerdo de Vicente Albert, un amigo y uno de mis primeros coleccionistas, que un día de esos de bajón me comentó: “Oye Calo, que si alguna vez dejas de pintar a mí me dará igual, yo te he comprado los cuadros porque me gustan y me gusta tenerlos”. Nunca he sentido esa obligación de por haber vendido un cuadro tener que seguir pintando, de pensar que si vendes un cuadro éste tiene que revalorizarse. Yo los cuadros nunca los he vendido a nadie diciendo que le van a salvar de la pobreza. Los cuadros son para disfrutarlos. 

Hoy se habla mucho del artista comprometido. Parece que los creadores deben impregnar su trabajo de consignas sociales o políticas para ser más valorados. ¿Qué opinas tú de este tema? 
A mí no me interesa desarrollar tanto esos aspectos ideológicos sobre las obras, dar una explicación excesiva de aquello que realizo. Yo creo que la pintura es un lenguaje y como lenguaje debe hablar. Tenerte que leer un manual para ver una obra o descubrir las pretensiones filosóficas y humanistas que persiguen ciertos artistas –que a veces parecen postularse como salvadores de la humanidad, queriendo dar lecciones de todo tipo- me deja bastante perplejo, pero, bueno, el que lo quiera hacer que lo haga. Para mí la pintura tiene que comunicar. ¿Y detrás de mi pintura? Detrás de mi pintura hay un bagaje tan importante como otros muchos, vivimos en una época muy definida, hacemos arte contemporáneo, compartimos muchas cosas. Tenemos una visión del mundo, una perspectiva de nuestro tiempo, vemos las cosas, no como se veían en el siglo XIII, ni como las van a ver en el XXIII, pero las contemplas con los ojos de la gente del siglo XXI y eso es lo que plasmas y eso es lo que pintas. Mi planteamiento dentro del mundo de la pintura es que mi obra llegue sin artificios al espectador, que produzca sensaciones, reflexiones…, más allá de eso no creo que tenga otra función. Las modas, los mensajes panfletarios, los discursos pasajeros me interesan muy poco.  

Un artista comprometido también es el que vive dedicado a su trabajo, en tu caso con la pintura. En el momento en que inviertes todos tus esfuerzos en mejorar tu destreza y tu técnica ya demuestras un compromiso fuerte con el arte. 
Bueno, es que a mí realmente me gusta que me llamen pintor. Yo es que no me considero artista, me considero pintor. Yo creo que los artistas son otros, los comprometidos, los que hacen panfletos sobre la naturaleza y cuelgan, como una vez vi en el IVAM, un olivo del techo boca abajo, que poco a poco se iba secando, y no pude evitar pensar: “La gracia que le has hecho al olivo…”. Bueno, esos son los artistas que hacen esas cosas y les gusta. Yo soy pintor, yo hablo de pintura, yo pinto cuadros. 

Y como pintor, ¿en qué momento disfrutas más del proceso creativo?  
Hay un momento mágico cuando estás pintando, ese en el que no te cambiarías por nada ni por nadie, en el que estás pintando y sientes que has trascendido a lo que estás haciendo. Son instantes en los que el disfrute es pleno, en los que desconectas completamente del exterior, es una sensación muy especial que puedes experimentar de repente, esos momentos son los que más te enganchan a continuar y los que te hacen intuir que el próximo cuadro va a salir mejor, que “ahora sí que me van a salir bien, la próxima colección va a ser la más buena”. 

¿Cómo afrontas esta exposición de Alaquás? ¿Qué series de obras has elegido? 
La exposición comienza con la serie Selvas, que es un tema importante en mi obra y sobre el que llevo trabajando prácticamente diez años. En los últimos meses ando cerrando esta colección y empezando a abrir la de Tanzania. Selvas comenzó su andadura expositiva en Alicante, con una serie de dibujos para la estación Metromercado. En la primera sala colgarán estos dibujos de Selvas de distintas épocas, cuadros negros, verdes, y luego pasamos en la otra sala a cuadros blancos de Noruega, del Pirineo… Tras estos irán algunos cuadros de Alarcón, de la serie de Castilla-La Mancha, y al final la serie más reciente, la de Tanzania. En una de las últimas instancias me gustaría incluir una especie de gabinete de dibujo, de estudio, de ideas… con cuadros de distintas épocas. Creo que es una parte esencial de mi método de trabajo; no solo parto de los bocetos, sino que hay un proceso creativo previo hasta llegar a los cuadros grandes que puede resultar interesante de conocer para el público que visite la exposición –pequeñas tablas, apuntes–. A mí estos cuadros no me gusta venderlos, me cuesta más deshacerme de ellos que de los que ya están acabados. 

¿En qué momento te encuentras? 
Creo que estoy en un momento creativo muy bueno, llevo muchos años y, como decía antes, pienso que a partir de ahora sí que me van a salir mucho mejor los cuadros, estoy disfrutando mucho, tengo ilusión, me levanto todos los días con ganas de ir al estudio a trabajar, los proyectos que he realizado con la galería, las ferias, las exposiciones en otros espacios, las colaboraciones… han funcionado muy bien, y prueba de ello es esta exposición en el Castillo de Alaquàs, organizada por su Ayuntamiento.  

¿Piensas algunas veces en el futuro, te preocupa qué va a pasar con tus cuadros cuando ya no estés? ¿Te gustaría que estuvieran en un museo concreto, en una colección, fundación…? 
No, no pienso en ello. No tengo ese afán que tan bien describe el poeta Ovidio por pasar a la posteridad. En estos momentos tampoco me produce ansiedad estar en una colección o en otra. Que luego me sale un niño listo que los vende a alguna institución y que saca mucho dinero, pues fenomenal para él, pero a mí me va a dar igual que estén en un museo o no. Supongo que de joven pensaba más en estas cosas. Me acuerdo cuando hice la primera feria de ARCO con la galería Val i Trenta, que iba con un pintor amigo de camino hacia Madrid, contentísimos de participar, y sentíamos que ya nos podíamos morir como artistas, ya habíamos expuesto en ARCO, era como si ya hubiésemos triunfado. Ahora todo eso queda lejos, lo relativizas mucho. A mí no me quita el sueño que me pongan en una colección o en otra. Estoy más preocupado por el día a día, por las exposiciones, por el trabajo, por seguir pintando buenos cuadros.  

Entrevista realizada por MARISA GÍMENEZ SOLER en Alaquàs, Valencia el 27 de junio de 2018 para el Catalogo de la Exposición de la cual es Comisaria.